Una contractura muscular puede aparecer en el momento menos esperado, limitando el movimiento y causando un dolor persistente que afecta la calidad de vida. Aunque es una afección común, muchas personas no saben exactamente qué es, cómo se produce ni cómo tratarla adecuadamente.
Qué es una contractura muscular
Una contractura muscular es una contracción involuntaria y persistente de las fibras musculares que provoca rigidez y dolor. No se trata de un espasmo momentáneo, sino de una tensión sostenida que impide que el músculo recupere su estado relajado habitual.
Esta condición puede afectar a cualquier músculo del cuerpo, aunque es más común en zonas como el cuello, la espalda y los hombros. La contractura limita la movilidad y puede generar molestias que van desde una leve molestia hasta un dolor intenso.
Causas más frecuentes de las contracturas
Las contracturas suelen originarse por una combinación de factores que afectan la musculatura. Entre las causas más habituales destacan la sobrecarga física, los movimientos repetitivos y el estrés emocional. Cada uno de estos factores contribuye a que el músculo se mantenga contraído durante más tiempo del necesario.
Además, el sedentarismo y la falta de actividad física pueden debilitar los músculos, haciéndolos más propensos a sufrir contracturas. Por otro lado, lesiones previas o problemas posturales también juegan un papel importante en su aparición.
Mala postura, sobrecarga y estrés muscular
Adoptar posturas incorrectas durante largos períodos, como estar encorvado frente al ordenador o cargar peso de forma inadecuada, genera una tensión constante en ciertos músculos. Esta sobrecarga provoca que las fibras musculares se contraigan para proteger la zona, pero si la tensión persiste, se convierte en una contractura.

El estrés emocional también afecta al cuerpo. Cuando una persona está bajo presión o ansiedad, tiende a tensar inconscientemente los músculos, especialmente en el cuello y los hombros. Esta tensión prolongada puede derivar en contracturas dolorosas que se mantienen incluso cuando el estrés disminuye.
Síntomas y cómo identificar una contractura
Reconocer una contractura muscular es fundamental para actuar a tiempo. Los síntomas más comunes incluyen dolor localizado, rigidez y dificultad para mover la zona afectada. A menudo, el músculo se siente tenso y puede palparse un nódulo o zona endurecida.
En algunos casos, el dolor puede irradiar hacia otras áreas cercanas, confundiendo el diagnóstico. Por eso, es importante prestar atención a la duración y características del dolor, así como a cualquier otro síntoma asociado como hormigueo o debilidad.
Dolor, rigidez y limitación de movimiento
El dolor provocado por una contractura no siempre es intenso, pero suele ser constante y molesto. La rigidez dificulta realizar movimientos habituales, lo que puede afectar actividades diarias como girar el cuello, levantar objetos o incluso mantener una postura cómoda.
Esta limitación no solo genera incomodidad, sino que puede provocar compensaciones en otras partes del cuerpo, aumentando el riesgo de nuevas lesiones. Por ello, es crucial abordar la contractura desde sus primeros síntomas para evitar complicaciones.
Diagnóstico y evaluación fisioterapéutica
Un diagnóstico preciso comienza con una evaluación clínica realizada por un fisioterapeuta o un profesional de la salud especializado. Durante la consulta, se analiza la historia clínica, se examina la zona afectada y se valoran los movimientos para identificar el origen de la contractura.

Además, se pueden emplear técnicas manuales para detectar puntos gatillo o zonas de tensión. En algunos casos, se complementa con pruebas de imagen como ecografías o resonancias magnéticas para descartar lesiones más graves o afecciones asociadas.
Técnicas manuales y pruebas complementarias
Las técnicas manuales son fundamentales en la evaluación y tratamiento de las contracturas. Masajes terapéuticos, liberación miofascial y técnicas de estiramiento ayudan a relajar el músculo y mejorar la circulación sanguínea en la zona afectada.
Pruebas complementarias como la electromiografía pueden ser útiles para evaluar la actividad muscular y descartar problemas neurológicos. Estas herramientas permiten diseñar un plan de tratamiento personalizado y efectivo.
Tratamiento de las contracturas musculares
El tratamiento debe ser integral y adaptado a cada caso. En general, combina técnicas manuales, aplicación de calor, estiramientos y ejercicios específicos para recuperar la movilidad y reducir el dolor.
El objetivo es aliviar la tensión muscular, mejorar la circulación y fortalecer la musculatura para evitar recaídas. En casos más severos, puede ser necesario complementar con medicación o terapias adicionales bajo supervisión médica.
Fisioterapia manual, calor, estiramientos y ejercicio
La fisioterapia manual, como el masaje descontracturante, ayuda a liberar los nudos musculares y disminuir la rigidez. La aplicación de calor local, mediante compresas o baños calientes, favorece la relajación y aumenta el flujo sanguíneo.

Los estiramientos suaves y progresivos son esenciales para recuperar la elasticidad del músculo. Además, realizar ejercicios de fortalecimiento y movilidad contribuye a mantener la musculatura en óptimas condiciones y prevenir futuras contracturas.
Prevención y hábitos saludables
Prevenir las contracturas requiere adoptar hábitos saludables en el día a día. Mantener una buena postura, realizar pausas activas durante el trabajo y evitar el sedentarismo son medidas clave para cuidar los músculos.
Incorporar ejercicios de estiramiento y fortalecimiento en la rutina habitual también ayuda a mantener la musculatura flexible y resistente. Además, controlar el estrés mediante técnicas de relajación puede reducir significativamente la tensión muscular.
Ergonomía, fortalecimiento y movilidad diaria
La ergonomía en el entorno laboral y doméstico juega un papel fundamental. Ajustar la altura de la silla, la posición del ordenador o la forma de cargar objetos evita sobrecargas innecesarias. Un espacio bien diseñado contribuye a mantener una postura correcta y reducir la fatiga muscular.
Fortalecer los grupos musculares más vulnerables y mantener una movilidad adecuada mediante ejercicios específicos mejora la resistencia y previene lesiones. Caminar, nadar o practicar yoga son actividades recomendadas para mantener el cuerpo activo y equilibrado.
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Fisioterapeuta Colegiado nº 5345
• Diplomado en Fisioterapia (URJC)
• Postgrado de Osteopatía (C.O) por la EOM.
• Profesor colaborador del Máster de Osteopatía (Universidad Alcalá de Henares).
• Formación en Terapia Craneosacra (Instituto Upledger).
• Formación en Terapia Ortomolecular y Fitoterapia (PNI clínica).
• Curso de Diagnóstico y Tratamiento de patología pediátrica (Osteonad).
• Inducción Miofascial: Técnicas Estructurales.
• Curso de Acupuntura para fisioterapeutas (Omphis).




